Era la hora. Le estaba esperando en las afueras de la ciudad, dijo que ese mismo día terminaría el viaje y volvería a casa. En las manos sostenía una bolsa de dulces, los dulces favoritos de esa persona, porque no importa cuanto haya viajado, sabía que sería la misma persona, solo un poco más inteligente, más experimentada.
Divisó una silueta al fondo. Se acercaba lentamente por la carretera. Al poco era claro que se trataba de una persona con una gran mochila a sus espaldas, tan alta y gruesa que sería difícil de pasar por alto. Se acercó y le dijo a esa persona que lo había estado esperando.
—Estoy de vuelta. —Sonrió, se abrazaron por largos minutos, la bolsa de dulces cambió de manos, otro abrazo más y finalmente exclamó.
—Me di cuenta de lo pequeño que soy. Al mismo tiempo, me di cuenta de lo valioso que es alguien pequeño.