—¿A dónde crees que nos lleve? —dijo discretamente—. Oye, Marylin. Te estoy hablando.
Pero Marylin no hacía caso a las palabras de Elina. Estaba sentada en esa sucia camioneta y con la mirada perdida. Estaba recordando todo lo que su madre le había dicho. Todo lo que podía suceder: «Nunca te subas al automóvil de un extraño», «Mantente cerca de tus amigos siempre que andes por la calle», «Ignora a todo aquel que no conozcas» era lo que sus pequeños oídos de 8 años no paraban de escuchar. Sin embargo, había terminado junto con sus dos amigas en la camioneta de un completo extraño.
—¿Ya casi llegamos? Señor —Laura se acomodó en el asiento trasero de la camioneta, irguió un poco el cuerpo y posó las pequeñas manos sobre el asiento delantero—. Señor ¿Ya casi llegamos?.
El hombre de espesa barba no inspiraba confianza en lo más mínimo. Las arrugas le cubrían todo el rostro y tenía los ojos inyectados. Un par de pantalones sucios y una playera oscura que parecía haber sido blanca hace mucho, era todo lo que conformaba esa sospechosa persona.
—No te preocupes, estamos a unos minutos de llegar a un lugar divertido —dijo finalmente con voz trémula.
Se estacionó bruscamente en lo que parecía un terreno llano y abandonado. Le abrió la puerta trasera a las tres niñas y estas se bajaron rápidamente. Excepto por Marylin, que titubeó antes de bajarse. Pero el hombre la quedó viendo y la sacó de ahí toscamente sujetándola del brazo.
—Me gustan tímidas —dijo mientras sonreía y arqueaba los ojos.
Caminaron un rato y llegaron a una pequeña casa, o al menos lo que se podía llamar casa. Era completamente de madera y tenía agujeros por todos lados. Rastros de plantas invadiendo el lugar se notaban a primera vista. Entraron, la puerta chirrió bastante. Y las tres niñas notaron que el lugar solo estaba compuesto por dos habitaciones, una más pequeña que la otra, y estaban conectadas por una puerta. En la habitación pequeña había un banco largo y a ras del suelo, enfrente, el colchón mugriento de una cama.
Ellas se quedaron pasmadas al ver el lugar. Laura intentó decir algo pero le invadió el miedo. Elina se giró para ver la cara de terror que Marylin había dibujado. Sin notarlo, el hombre ya había sujetado con una gruesa soga las manos de Elina y Laura. Las aventó hacia el pequeño banco.
—Siéntense ahí y observen cuidadosamente. Que están a punto de experimentar algo nuevo —se giró hacia la pequeña y temblorosa persona que era Marylin en ese momento— ¡Desvístete! —le espetó.
Marylin tenía demasiado miedo, no podía mover ni un solo músculo. El hombre se desesperó rápidamente y se hincó para quitarle la ropa el mismo. En pocos segundos el pequeño y desnudo cuerpo de Marylin yacía sobre el mugriento colchón. El hombre se retiró el pantalón y se le acercó a Marylin.
—Sujétalo con tus manos e imagina que es una paleta.
Pero ella no respondía, simplemente tenía la mente en las palabras que su madre no paraba de repetirle. Sabía que eso estaba mal, que tenía que salir de ahí.
—¡HAZLO! ¿No te importa lo que le pase a tus amigas? —dijo el hombre en tono amenazante.
Marylin reaccionó y volteó a ver a sus dos amigas que yacían sentadas en el banco. Se giró nuevamente hacia el hombre e hizo lo que le dijo.
Laura y Elina estaban sentadas, mirando la escena. Laura tenía miedo, pero al mismo tiempo no comprendía la razón. Elina pensó que era malo mirar algo así, por un momento cerró los ojos y giró el cuello, pero el hombre espetó.
—Abre los ojos niña. Tienes que ver esto, por que luego será tu turno y no quiero que cometas los mismos errores.
El hombre se acercó desnudo hacia ellas y las despojó de sus ropas. Fue una operación bastante lenta ya que tuvo que desatarlas una por una. Mientras tanto Marylin descansaba, algo más sucia, en el colchón. Tenía la mirada perdida. Estaba muy concentrada en sus pensamientos.
«No sé. No debería. No estoy segura. Tenía miedo. Pero ya no estoy segura de tener miedo. No sé si esto se siente mal o bien. Algo me dice que esto está mal, pero algo más me dice que esto es bueno. Pero Laura y Elina tienen miedo. Entonces es malo. No debería de seguir. Pero si no lo hago, luego ellas tendrán que hacerlo. Pasarán por esto. No. No. Elina ya no tiene a su papi. Pero no sé si esto se siente bien. Esto es malo».
El hombre se acercó nuevamente y continuaron el acto.
Varios minutos después el hombre se paró y fue a la habitación contigua. Las tres niñas y sus pequeños e indefensos cuerpos desnudos se quedaron ahí. Intercambiaron miradas unos segundos y las tres comprendieron lo que tenían que hacer.
Marylin intentó deshacer el nudo, pero sus pequeñas manos no podían manipular bien la gruesa soga. Elina se acercó al nudo que aprensaba a Laura y apoyó a Marylin con los dientes. Logró quedar libre, pero seguía paralizada. Marylin escuchó los pasos del hombre al acercarse y rápidamente le clavó la mirada a Elina.
Dibujo una cara triste, luego sonrió mientras soltaba unas lágrimas. Corrió hacia la otra habitación y exclamó.
—Yo quiero más, aquí, en esta habitación —dijo su dulce voz. Las piernas le temblaban, nunca había tenido que decir una mentira sintiendo tanto miedo.
Mientras tanto Elina intentaba zafarse del nudo, golpeó a Laura un par de veces con el hombro pero esta simplemente no respondía. Elina seguía forcejeando, sentía que el miedo se escurría por todos los poros de su pequeño cuerpo. El hombre estaba en el piso de la otra habitación, pero en el acto, se acercaba poco a poco.
Laura seguía paralizada.
Elina Logró darle un duro golpe con el cuerpo y esta reaccionó. Se giró y vio los ojos de Elina cubiertos de lágrimas. Con dientes y manos y después de largos minutos logró desatarla. Ambas se pararon bruscamente y fijaron su mirada en la salida. En ese instante escucharon nuevamente los pasos del hombre pero la temblorosa voz de Marylin los interrumpió.
—Yo, yo quiero más —dijo casi llorando— yo quiero divertirme más.
Laura y Elina se miraron fijamente y entendieron. Salieron corriendo del lugar. El inevitable chirrido de la puerta hizo que el hombre soltara un par de juramentos.
Después de mucho correr se hallaron solas en la carretera. Desnudas.
—Le diré a mi mami que compre muchas flores para Marylin. —Exclamó Elina mientras abrazaba a Laura y ambas lloraban.