Las paredes eran azules. Era un cuarto pequeño y la iluminación venía de las esquinas, como si el techo estuviese ligeramente separado del resto de la estructura. Elizabeth Caras de pronto se dio cuenta de lo estrecho de la habitación. Yacía en una esquina, con el cuerpo encorvado y sin mucha energía.
La última vez que habló con su padre, este le mencionó algo sobre un nuevo trabajo. Elizabeth Caras había estado buscando trabajo desde que terminó los últimos años de escuela obligatoria. No le interesaba una carrera universitaria, solo quería un trabajo tranquilo, comprarse una casa humilde y vivir de esa manera hasta sus últimos días. «Quiero una vida tranquila» fue lo que sus padres escucharon repetidamente.
Elizabeth se puso de pie, le temblaban las piernas y sentía el aire enrarecido. Empezó a posar la mano suavemente por esos azules muros. Tocaba, sentía esa superficie plana y sin ninguna aspereza en las yemas de los dedos. Recorrió la pequeña habitación a pasos suaves. Alzó la mirada e intentó estudiar la pequeña abertura que había en el techo y que permitía el paso de luz.
Escuchó pasos. No estaba segura de donde venían. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Entonces vio como una pequeña sección de la pared se abría automáticamente. Del otro lado había un hombre vestido de traje y un semblante rudo, acompañado por otros dos sujetos que parecían asistentes médicos.
—No me culpes a mi, yo detesto esto tanto como tu estás a punto de detestarlo. Pero tienes que entender que soy el único en toda la organización con familia, por lo tanto soy el único que puede llevar a cabo estos experimentos —dijo el hombre mientras le hacía una sutil ademán a los asistentes.
—Papá —dijo Elizabeth mientras se arrinconaba en la pequeña habitación con cara de temor. Los dos asistentes médicos la sujetaron fuertemente y la llevaron por un gran pasillo del mismo color que la habitación.
—¿Dónde estamos? ¿Qué haces? —gemía Elizabeth—. Papá, tengo miedo.
Yeris Caras colocó una de sus manos en su rostro, suspiró suavemente y replicó.
—Si no fuera por que el experimento requiere que se grabe cada una de tus palabras, hace mucho te hubiera tapado la boca. —Hizo una larga pausa y continuó—. Este es mi trabajo, Elizabeth. Tengo que hacer experimentos, por que la organización entera se encuentra en la etapa Experimentación, todos hacen experimentos de esta índole. Tenemos que conocer el caos y la reacción de los humanos. Por desgracia, y como te había dicho, soy el único con familia así que mi obligación es investigar como el caos y las personas emocionalmente cercanas se relacionan.
Llegaron a una habitación, azul igualmente, más grande y con una camilla. Acostaron a Elizabeth y la amarraron fuertemente. Yeris Caras les ordenó algo a los sujetos y estos acercaron una pequeña mesa llena de toda clase de utensilios metálicos.
—Hija, te quiero mucho. No te lo digo solo por que el experimento me obligue a hacerlo. En serio te quiero mucho. Y te prometo que no le haré nada a tu hermana Elina y a tu madre.
Tomó uno de los utensilios, era afilado y brillaba débilmente.
A los pocos minutos el lugar estaba lleno de gritos.