La gran sala de juntas

Maro siempre llevaba una pluma y un bloc de notas en las manos, la pluma ni siquiera tenía tapa, la ultima vez que alguien le preguntó por esto solo balbuceó «La tapa sería un obstáculo para escribir rápido». Esta vez se acercó, con su pluma y su bloc de notas en mano, a Ain. Echó un vistazo a la lista de cosas que le tenía que decir y exclamó furioso.
 —¿Por qué le tenías que decir al jefe que yo había descompuesto la fotocopiadora? Lo único que hacía falta era tinta. De hecho yo mismo la iba a cambiar. Mira aquí está apuntado —Mostró su bloc de notas con la leyenda «Cambiar tinta de la oficina».
 —Si solo ese era el problema ¿Por qué no lo hiciste de inmediato en vez de apuntarlo en tu tonta libreta? —Refutó Ain desde su pequeño cubículo y sin siquiera pararse o girarse para prestarle atención a Maro. Este continuó hablando a la espalda de Ain.
 —Por que tenía otras cosas que hacer en ese momento. Si no las hacía de inmediato y me interrumpía cambiando la tinta, todo mi sistema se iba a venir abajo.
 —Sabes las reglas de la oficina. Quien se acaba la tinta, la cambia. —Contestó Ain mientras giraba su pequeña silla para dirigir la mirada a los ojos de Maro.
 —No me agradas, en lo absoluto. Voy a hacer una nota al pie en tu hoja —Tomó su bloc de notas, hojeó con gran habilidad y empezó a garrapatear en una de las hojas, luego enseñó el bloc de notas a Ain— Mira, ahora he agregado junto a tu nombre «Persona desagradable» en mi lista de compañeros de oficina. Y ahora mismo te voy a quitar de mi lista de las personas que tienen permitido asistir a mi fiesta de cumpleaños —Pasó un par de hojas en su pequeño bloc de notas y exclamó mientras tachaba algo— Quiero que sepas que eres el único de la oficina que no asistirá. Todos los demás están invitados.
 —Como si quisiera asistir a tu patética fiesta de cumpleaños. Si ya terminaste de balbucear, lárgate. Que tengo trabajo que hacer —Dijo Ain mientras giraba su silla de nuevo para darle la espalda a Maro.
 —¿Cómo?… —Maro no estaba furioso, sino a punto de estallar. Agarró una cajita de clips que descansaba en el escritorio de Ain, con cuidado sirvió un montón en su mano y los arrojó a la cabeza de Ain— ¿Cómo te atreves a insultar el evento más importante en la vida de un hombre? Discúlpate conmigo y mi fiesta de cumpleaños.
 Ain cerró los ojos, intentaba calmarse. Ya estaba harto de ese sujeto que nunca suelta su tonta pluma y su aun más tonta libreta de notas. Era una persona desesperante. Y los clips lo sacaron de quicio. Sin pensarlo, tomó la engrapadora y con un movimiento veloz golpeó la pierna de Maro con ella. Esta se quedó ahí pegada, una de las grapas había penetrado en la piel de ese extraño sujeto y su fiesta de cumpleaños.
 El grito de Maro se oyó en todo el piso, todos en sus pequeños cubículos se pararon y vieron la escena. El estruendo también hizo que Ain se parara pero para propinarle un fuerte puñetazo a Maro, que terminó en el suelo, dolorido, horrorizado, furioso.
 Se paró velozmente. En un arrebato tomó su pluma, esa pluma que siempre traía con el, y golpeó el cuello de Ain con ella. Al instante no logró comprender que hacía, de repente sintió un extraño líquido que le lavaba toda la mano que todavía sostenía en el cuello de Ain.
 —¡Dame mi pluma! —Exclamó mientras intentaba sacarla del cuello de Ain. Estaba atorada, una buena parte había penetrado en la piel de su adversario.
 La mujer en el cubículo próximo no pudo contener su grito.
 —¡Lo mataste, le reventaste la yugular! —Dijo mientras se llevaba las manos a la cara, casi llorando.
 Maro dejó de halar y soltó la pluma, el grito le había hecho recobrar consciencia de lo que estaba sucediendo. De pronto tuvo miedo. Y volteó a ver a la mujer.
 —No… yo no le hice nada. El fue. El dijo todo eso, luego me atacó ¿No viste como me golpeó? Yo… no quería… —Mientras giraba el cuello lentamente para ver el cuerpo desplomado de Ain en su silla, las débiles paredes del cubículo estaban cubiertas de rojo— Fue el, el hizo todo esto. El lo provocó, es su culpa, no mía. Se sintió muy triste porque le prohibí asistir a mi fiesta de cumpleaños y decidió hacer esto…
 La mujer intentó salir de su cubículo, golpeó su escritorio, su silla, el bote de basura lleno de papeles arrugados. En ese momento, y sin pensarlo, Maro se abalanzó sobre ella.
 —¿Qué vas hacer? —Tenía los ojos desorbitados y hablaba ligeramente pausado, tenía una sonrisa chueca dibujada en el rostro. Le temblaban las manos, con las que tomó los hombros de la mujer— ¿Le vas a decir al jefe que fue mi culpa? ¡Fue su culpa! ¿Le vas a decir que no cambié la tinta a tiempo? Es eso… ¡¿Es eso?!
 La mujer se retorcía desesperadamente para soltarse de Maro. En ese momento todos en la oficina corrieron a aprehenderlo. Lo llevaron sujetado entre dos hombres mientras un par extra vigilaba que no viniera el jefe. Lo sentaron en una silla en el gran salón de juntas.
 Era un lugar magnifico. había una mesa ovalada al centro, sillas a su alrededor y un gran ventanal que permitía ver toda la ciudad (incluyendo el edificio de la compañía contrincante). Se tenía una gran vista de todo el lugar desde el piso 15. El jefe así lo había querido, siempre decía «Una vista así te llena de inspiración para que todas las juntas sean un éxito».
 Lo encerraron ahí, mientras alguien vigilaba la puerta, otros discutían.
 —¿Qué haremos? —Dijo una mujer.
 —Primero hay que llevar a Ain al hospital.
 —¿Y que les diremos cuando pregunten por la herida? —Dijo uno más.
 —Algo nos tendremos que inventar —Agregó alguien desde el fondo de la oficina.
 —Tenemos que limpiar el cubículo de Ain, no podemos dejar rastro alguno de lo que sucedió —Las voces seguían agregándose a la conversación, una tras otra.
 —Bien —Dijo alguien al centro de la conversación— Alguien calme a Maro, dos personas lleven a Ain al hospital, no exageren con la historia, háganlo ver como un accidente. El resto reúnase para limpiar el desastre en el cubículo. Vamos a necesitar todo lo que haya en el almacén del conserje.

 —¿Maro? —Dijo suavemente mientras se acercaba a ese pobre hombre alterado.
 No hubo respuesta, solo estaba ahí, haciendo el ademán de apuntar algo en su libreta, pero no tenía una pluma con que hacerlo.
 —Maro ¿Qué tal te encuentras? —Intentó de nuevo el hombre mientras posaba una mano en el hombro de Maro. Este levantó la mirada y exclamó.
 —Necesito mi pluma.
 —¿Una pluma? —Dijo el hombre, notó que aunque Maro se estaba dirigiendo a el, tenía la mirada perdida— ¿Para que quieres una pluma? ¿Necesitas apuntar algo?.
 —Si, necesito apuntar algo muy importante, de inmediato.
 —¿Que es eso que quieres apuntar? Si me lo dices te puedo ayudar a recordarlo mientras te busco una pluma.
 —No —Dijo Maro, cada vez hablaba más rápido, y notablemente más nervioso— Es secreto. Necesito apuntarlo en mi libreta. Ya. Necesito apuntarlo. En mi libreta. Ya.
 —Maro, tenemos que hablar. Necesito que dejes esa libreta un momento y me pongas atención —Dijo mientras tomaba la libreta que estaba fuertemente agarrada por las manos de Maro. Forcejeó un poco pero logró quitársela— necesito que te relajes y prestes atención a lo que te voy a decir. Sabemos que no es tu culpa…
 Antes de que pudiera articular la siguiente palabra, Maro se paró bruscamente y con un movimiento rápido se hizo con la libreta.
 —Es mi libreta, no la puedes ver, no la puedes tocar. La vas a desorganizar. Puedes cambiar cosas o pensar que puedes escribir libremente. ¡Vas a destrozar mi sistema! —Exclamó rápidamente mientras se alejaba del hombre. Estaba mirando hacia el suelo al hablar.
 —Está bien, Maro. Es tu libreta. No te la voy a quitar —Exclamaba el hombre lentamente. Mientras movía ambas manos para intentar calmar a ese fanático y desquiciado de la organización que tenía al frente. Mientras hablaba se iba acercando paso a paso a el— Solo te quiero hablar de lo que acaba de pasar.
 En ese momento los ojos de Maro enfocaron directamente los del hombre. Mientras gritaba.
 —¡Fue su culpa! ¡Yo no he hecho nada! —Empezó a correr por toda la sala de juntas.
 El hombre intentó atraparlo, pero Maro tenía movimientos impredecibles. En ese momento gritó.
 —¡Mi libreta! —Y saltó por el gran ventanal.