La eterna batalla, la eterna derrota

Era de noche, una noche cualquiera. Recuerdo que abrí los ojos, algo me hizo despertar de inmediato, eché un vistazo a mi alrededor, toda era más claro y nítido de lo que lucía antes de apagar la luz y echarme a dormir. '02:17' titilaba en mi reloj, tan persistente que parecía no se iba a mover. Me sentía torpe y lento.
 Escuché un siseo debajo de mi cama. Me moví ligeramente para sentarme en una orilla de ella. El siseo persistía. Empecé a buscar con la mirada. Mis ojos recorrieron desde mi vieja mesa de noche hasta llegar a la ventana. Ahí había algo. En el marco de la ventana descansaba una mancha negra, no, ligeramente cafe. Como si alguien hubiese tomado un grano de café y lo hubiera pegado al marco de mi ventana. Me quedé observando un poco más, sin mover un solo músculo, ese pequeño ente llamaba poderosamente mi atención. Al poco noté que brillaba ligeramente. No, más bien reflejaba la poca iluminación que lograba colarse desde las farolas de la fría calle hasta mi habitación.
 Me paré lentamente, me sentía muy pesado como para hacerlo rápido y con gran habilidad, mi cuerpo seguía dormido. Quería acercarme a esa pequeña mancha de café, quería tocarla, algo me decía que tenía que saber que era. Di un paso, otro paso. Paso. Paso. Paso. De repente la mancha de café se movió ligeramente.
 Estaba vivo.
 No sé como, pero en mi mente comenzaron a pasar imágenes de cosas que se relacionaban con esas características. Cafe, pequeño, brillante, con vida. La mancha se movió de nuevo, esta vez más rápido y en dirección al suelo. Entonces lo supe. Sabía a que me estaba enfrentando. De repente mi mundo se redujo a esa mancha cafe y yo. Era mi enemigo. Me volví muy consciente de que estaba encerrado en una pequeña habitación con mi enemigo. Pocas cosas me turbaban tanto como esa mancha cafe.
 Mi cuerpo despertó. Me tenía que defender.
 Con gran velocidad alargué la mano y tomé uno de mis zapatos. Coloqué la mirada en la mancha cafe pero ya no estaba allí. La empecé a buscar desesperadamente, fue cuando la vi moverse con gran destreza por el suelo. Tenía que acabar con ese enemigo, no, con mi peor horror. Tenía que enfrentarlo y acabar con esto.
 Me acerqué sigilosamente a la mancha cafe. Todavía tenía el zapato en la mano derecha, alzado y en posición de ataque. Me coloqué enfrente de mi enemigo, listo para asestar un duro y certero golpe. Tenía que acabar esto en un solo movimiento, de lo contrario sería peor.
 Pero no pude, mi cuerpo se puso frío y no respondía. Quería mover mi mano derecha pero mi mente y mis ojos estaban demasiado concentrados en esa mancha, pensando en lo que significaba, el terrible miedo que me provocaba siquiera pensar en que había algo así enfrente de mi.
 Se movió una vez más. Esta vez en dirección a mi mesa de noche.
 Lo sabía, la mancha sabía que había alguien que quería acabar con su existencia de un solo golpe, así que estaba buscando refugio.
 Y yo lo sabía, si lograba esconderse debajo de mi mesa de noche sería imposible ganar esta batalla. Mi mesa de noche era básicamente un cubo de madera pintado de varios colores, la parte inferior rozaba a un centímetro del suelo, si la mancha se metía ahí tendría que mover toda la mesa. Levantarla y buscar por ella. En el entretanto esta aprovecharía para refugiarse debajo de mi cama o en algún otro lugar. Algo de nunca acabar.
 Respiré profundamente y me dije a mis mismo: Lo tengo que hacer ahora. Muévete. ¡Muévete!.
 Me abalancé sobre la mancha, el golpe de mi zapato sobre el suelo produjo un estruendo más grande del que esperaba. Sabía que le había dado, era imposible sobrevivir a un golpe así. Giré el zapato para inspeccionar la suela y cobrar mi premio de guerra.
 No estaba ahí. La mancha cafe no estaba ahí.
 Busqué nerviosamente con la mirada por toda la habitación. Corrí al apagador, encendí la luz y fue cuando la vi. Estaba en el techo. Justo en el centro de mi habitación. Reposando en el foco. Amenazante.
 Me quedé petrificado. Solo podía observar la amenaza y pensar cómo es que había fallado. Cómo es que había llegado hasta ahí.
 Entonces sucedió el horror. No solo mi enemigo ya tenía las de ganar contra mi por que su simple presencia me congelaba. Me debilitaba. Sino que desplegó su arma más poderosa. Algo que no puedo siquiera pensar en enfrentar.
 Estaba volando.
 La mancha cafe tomó vuelo y sentí como enfilaba hacia mi cara. Corrí. Abrí la puerta. Tenía tanto miedo que no estaba seguro de hacia donde iba. Solo corrí. Fue cuando llegué a la cocina. Era la cocina de mi propia casa. Cuando encendí la luz, el miedo me invadió de tal forma que caí hincado.
 Había incontables de esos seres revoloteando por todo el lugar.