Recorría la ciudad a medianoche. Simplemente pasaba por ese nuevo lugar. Dio una vuelta a gran velocidad por una avenida en su negra moto y se detuvo en frente de una pequeña tienda 24 horas.
Se quitó el casco, un casco negro y sencillo, lo posó sobre la moto y entró al local. Echó un vistazo rápido y se dirigió a los refrigeradores. Colocó un par de botellas enfrente de la caja, donde un empleado corto de estatura y figura bastante esbelta, contrastaba con el hombre de chaleco negro y semblante rudo.
Embolsó los productos y el empleado exclamó:
—Aquí está su total —mientras señalaba con la mirada la pequeña pantalla dispuesta especialmente para eso.
El hombre sacó un par de billetes de su cartera, negra también, y pagó. Se dirigió a la puerta y el empleado dijo con timidez:
—¿No le da miedo andar por la ciudad a estas horas de la noche?.
El hombre rudo se detuvo en la puerta, miró por sobre el hombro y exclamó finalmente.
—El mundo es grande. Si tengo que estar enjaulado, preferiría que la jaula fuera lo más grande posible.