Elina en un juego de niños

 Elina estaba caminando, un paso tras otro, daba vuelta arbitrariamente. Notó un nueva tienda al paso, parecía que vendían paletas heladas. Se saboreó la boca y decidió entrar.
 La tienda era muy sutil y misteriosa por dentro, solo había un hombre en ella y no había rastro de las paletas o cualquier otro producto en venta.
 —Disculpe ¿Vine muy temprano? —Exclamo Elina con cortesía, pensaba que no debía de estar ahí.
 El hombre le clavó la mirada, sus ojos eran viejos y tenían un toque de locura. Su vestimenta era por demás simple, una simple playera que lo distinguía como trabajador de esa tienda. Se movió lentamente y abrió una puerta que parece llevaba a la bodega del lugar. A los pocos minutos salió con una cubeta cubierta de escarcha y goteando. La acercó a Elina.
 —¿Puedo tomar cualquiera? —Exclamo nerviosa Elina mientras observaba las cinco paletas rojas y brillantes que contenía la cubeta. Cada vez se sentía menos bienvenida en el lugar.
 El hombre solo contestó con un simple movimiento de cabeza. Elina tomó una paleta y metió la otra mano en el bolsillo de su delgado pantalón.
 —No se preocupe, señorita. Está va por mi cuenta —Exclamó el hombre, tenía una voz bastante suave comparada con su aspecto tosco.
 Salió de la tienda mientras le daba vueltas a la paleta con la lengua.

  Era una más de las caminatas de Elina, siempre salía por las mañana a dar un paseo. Caminaba por un par de horas y al terminar se iba a trabajar. Pensó en darse una vuelta por esa tienda que vio hace una semana. Así que enfiló camino con paso constante.
 Cuando llegó vio que el lugar tenía un par de cintas amarillas, muchos uniformados cercando el lugar y una ambulancia. Se acercó temerosa a alguien que aparentemente no tenía nada más que hacer que estar pendiente del evento.
 —¿Y la tienda de paletas?
 —¿No lo sabe? —Exclamó el lugareño con sorpresa, mientras alzaba las manos y se las acercaba a la cara —Ahí vivía un hombre siniestro que le ofrecía paletas a los niños, siempre las daba gratis. Cuando los niños volvían al siguiente día, este los invitaba a pasar a la bodega y nunca salían de allí. Hace unos minutos vi como sacaban las paletas en una gran cubeta, son evidencia.
 En ese momento Elina recordó ese misterioso sabor que no lograba identificar una semana atrás, esa paleta roja y brillante solo podía estar hecha de una sola cosa.
 Elina vio como su desayuno terminaba en la acera mientras tosía con fuerza.