Yeris Caras tenía una masa negra frente a si, casi humanoide, no sabía como había terminado ahí. Solo sabía que había aparecido de la nada. Esta masa negra tenía un par de brazos, oscuros y pesados, solo su presencia enrareció el aire de la habitación. Uno de los brazos lo asió fuertemente de la espalda, el otro le tomó un pierna y empezó a halar hacia ella.
Yeris se sentía terrible, pesado, torpe, sus pensamientos iban y venían del pasado profundo al presente inmediato. En su cabeza imaginaba a su hija, luego pensaba en cosas irrelevantes como un cartón de leche.
Escuchó unos pasos en el corredor, era Ana, tenía un ritmo bastante peculiar al caminar, sus delicados pasos se podían distinguir a través de la puerta incluso en aquella atmósfera tan espesa. Abrió la puerta y la masa negra desapareció.
—¿Ya terminaste de mover los muebles? —Era obvio que no había terminado, pero Ana tenía la costumbre de hacer sutiles preguntas para apresurar al perezoso de su esposo.
—Solo muevo un par de cosa más —Contestó Yeris, casi sin aliento y bastante agitado.
Ana se retiró. Yeris movió un silla, preparó una soga con gran velocidad. Mientras esa masa negra empezaba a formarse de nuevo. Yeris sabía que eso no era real, solo estaba ahí recordándole que no debía de hacer lo que estaba a punto de hacer.
—¿Quieres ver tu nueva habitación? —Le dijo dulcemente a Elina mientras la tomaba de la mano y caminaban por el pasillo.
—¿Papi incluyó los unicornios que le pedí? —Exclamó Elina con esa inocente emoción que solo los niños tienen.
Ana se acercó a la puerta y la abrió. Ahí estaba Yeris, con una silla tirada en el suelo y el casi flotando. Ella intentó gritar pero de inmediato recordó que Elina lo estaba viendo todo, se volvió hacia donde estaba ella pero notó que ya había salido corriendo. Vio a su padre por última vez.