Dos personas tocan a la puerta

«Ahí está mi siguiente presa» pensó el hombre mientras cargaba en su mano derecho varios folletos. Era un vendedor, iba de puerta en puerta intentando hacer unas cuantas monedas.
 Se acercó lentamente a esa puerta blanca, pero unos pocos metros antes de llegar observó un hombre que venía del otro lado de la calle «¿También irá a esa casa?» fue lo primero que le pasó por la mente al vendedor.
 «Es claro que yo llegué primero, ese vendedor tendrá que esperar su turno» pensaba el hombre. Tenía un uniforme ligeramente amarillo, el clásico atuendo del trabajador de una empresa. Le habían encargado visitar esa casa de la puerta blanca para hablar con el dueño sobre sus deudas, no había pagado el servicio de agua ni el de luz en mucho tiempo.
 «No, no, no. No puede ser que vaya a la misma casa que yo» pensó el vendedor mientras se acercaba a la casa de la puerta blanca. Había disminuido la velocidad de sus pasos lentamente. «Esperaré, estoy seguro que no va a la misma casa, a lo mejor va a la que está a lado. Es imposible que dos personas toquen en la misma casa al mismo tiempo».
 «Ese vendedor puede que vaya a la casa que está a lado. Si, mejor esperaré para ver a que casa va» pensó el uniformado mientras hacía cortos y más cortos sus pasos.
 Ambos estaban avanzando muy lentamente, a escasos tres metros de la casa de la puerta blanca. El vendedor miraba nerviosamente al otro hombre. El uniformado hacía de cuenta que miraba la puerta blanca.
 «Si, esto debe funcionar. Si ambos tenemos que tocar en la misma puerta, al menos el sabrá que yo debo hacerlo primero si me quedo mirando esa casa».
 «No, no, no. Está mirando la puerta. No puede que ambos vayamos a tocar la puerta blanca al mismo tiempo. Ambos somos ajenos a esta casa, completos extraños que llegan al mismo tiempo. ¿Qué pensará el dueño?». Pensó el vendedor, mientras sudaba frío, la distancia se había reducido a dos metros, estaban prácticamente parados uno frente al otro.
 «Cuando abres la puerta para atender a alguien, esperas que se vaya una vez ha terminado su asunto. Pero somos dos personas aquí. El primero que toque será bien atendido, el segundo se verá como un cómplice. Peor aun. Si el dueño cierra la puerta en cuanto termina de atender al primero, y escucha de inmediato que alguien golpea, pensará que es la misma persona insistente. Y no abrirá la puerta». Pensaba el uniformado.
 «Este desgraciado si va a la misma puerta» pensaba el vendedor mientras hacía el ademán de que iba a tocar la puerta. Ambos habían llegado, estaban ahí enfrente parados.
 «No puede ser, hemos llegado al mismo tiempo. Estamos parados uno frente al otro, es más que obvio que el dueño va a pensar que venimos juntos, que somos un equipo y solo tenemos un asunto a tratar con el. El primero que toque será bien atendido, el otro tendrá que quedarse con la boca cerrada y olvidarse de todo esto». Pensaba el uniformado mientras giraba la cabeza lentamente hacia el vendedor.
 «Tengo que tocar primero, una vez que el dueño de la casa abra la puerta, posará su mirada en el que tengo la mano ligeramente arriba, porque esa es la señal de que el tocó la puerta, así este desgraciado no arruinará mi venta».
 «Este tipo sabe bien que el que toque primero va a ser el primero en ser atendido, y por nuestra situación, el único. Está a punto de tocar la puerta, desde que se acercó a la puerta empezó a alzar la mano. Pero, tu tonta venta no es nada. Mi empresa me encargó venir a ver a este pelele que no paga sus cuentas, mi asunto es importante. No puedo regresar y decirle a mi jefe que había un vendedor que fue atendido primero y luego el dueño de la casa me ignoró. Sería la mofa de toda la compañía».
 »Ni siquiera puedo tocar yo la puerta, si empiezo a alzar la mano, me veré muy desesperado, el vendedor sabrá que conozco el secreto de quien toca primero será el primero en ser atendido. No. Tengo que idear como ser el primero en ser atendido con algo más.
 Entonces el vendedor dio tres golpes suaves a la puerta. Esperaron. El silencio era absoluto, casi lastimaba.
 «Lo tengo» pensó el vendedor. «Yo toqué, seré el primero en ser atendido, este tonto trabajador de saber que empresa se tendrá que perder. Vamos lárgate, no tienes nada que hacer, tu feo rostro solo arruinará mi venta».
 El vendedor estaba ahí parado, con la cabeza apuntando directamente hacia la puerta y con una mano que bajaba incómodamente lenta a su posición, tenía que hacerlo, si la bajaba muy rápido el dueño podría no ver quien fue el que tocó primero.
 Pasaron varios minutos. Nadie abría.
 En ese momento el vendedor notó de reojo como el uniformado sonría de oreja a oreja.
 «¡Golpee demasiado suave!. El dueño de la casa pudo no haberme oído, lo que significa que haber tocado primero se vuelve totalmente inútil. Tengo que volver a tocar, de inmediato, el que toque ahora será recibido como primero».
 Fue cuando se escucharon tres golpes fuertes, secos e imponentes. El uniformado había alzado su mano y tocado mientras sonreía malévolamente.
 «Esto es todo vendedor. Ya no te queda ni una jugarreta. Esta victoria es mía».
 El vendedor bajó rápidamente su mano, ya no tenía caso tenerla arriba. Miró hacia el suelo, era su derrota. El lo sabía, el uniformado lo sabía. No podía hacer nada más. Era imposible que el dueño no escuchara esos tres imponentes golpes a su puerta.
 El uniformado pensó «Esto es todo. Ahora lárgate vendedor. Si el dueño abre la puerta cuando aun estés aquí, solo te verás patético, ya no te atenderá». De repente vio como el vendedor sonreía, tenía la cabeza gacha pero su sonrisa se notaba. Era una sonrisa grande y casi oscura. «No, no pudo haber ideado como recuperarse de esta situación» pensó preocupado el uniformado. «¡Esta batalla es mía, yo tengo la mano alzada todavía, cuando el dueño salga verá que yo fui quien golpeó la puerta y me mirara a mi primero! ¡Yo seré el primero en…!» Entonces vio como el vendedor alzaba la cabeza de nuevo. El semblante del uniformado cambió ligeramente.
 «Así es, veo que este empleado ya se dio cuenta. ¡Yo hablaré primero!» pensó el vendedor. «No importa quien golpee primero la puerta. ¡Lo que importa es quien habla primero!».
 Ambos se quedaron ahí parados y orgullosos. Habían aclarado la garganta de manera discreta un par de veces, sin notar que ya había pasado casi una hora desde que habían tocado a la puerta.