Con periódico en mano caminó aceleradamente por los grandes pasillos de esa plaza llena de tiendas de todo tipo. Giró rápidamente hacia el ascensor cuando vio que los baños tenían la leyenda 'Fuera de servicio'. «Probaré con el segundo piso» pensó mientras apretaba desesperadamente el botón del ascensor. Sus intestinos rugían, pero en ese estado no podía correr, necesitaba tomar el ascensor.
Al fin se abrieron las puertas, había dos personas dentro. Una mujer de unos 40 años y aretes bastante grandes, y un joven con gorra. «Ha de ser su hijo» pensó mientras buscaba el número 2 en ese gran panel lleno de botones. Notó que el botón que iba al piso 15 y otro que iba a la planta baja estaban encendidos.
«¡Planta baja! Estoy en el primer piso. El ascensor tendrá que bajar primero antes de llevarme a mi piso» pensaba mientras comenzaba a sudar frío. «No debí haber desayunado tacos» se lamentaba mientras veía como las puertas del ascensor se cerraban.
«Me tengo que apresurar» pensaba la mujer de los grandes aretes mientras se alejaba del hombre con el periódico en la mano. «Este se ha estado moviendo raro desde que entró. ¿No será un ladrón?». El ascensor se detuvo, el joven de la gorra salió de ahí lentamente, no sin antes expulsar un peculiar sonido y un fétido aroma. Acto seguido salió corriendo.
—¡Válgame! —exclamó la mujer— Estos jóvenes de hoy no tienen modales. Terrible, terrible —mientras hacía el ademán de taparse la nariz con sus regordetas manos.
—Es solo una forma que ellos tienen de divertirse, cuando sea viejo podrá recordar esto y verá las tonterías que hacía de joven. —Replicó el hombre del periódico.
—¿Usted hacía esas cosas tan terribles? —agregó la mujer indignada.
—No precisamente —contestó el hombre mientras pensaba «en realidad si lo hice, pero esta 'damita' ya se le olvidó que todos somos seres humanos con necesidades»—. Hice otro tipo de travesuras. Todos hicimos algo así cuando éramos jóvenes.
La mujer guardó silencio sin desdibujar su cara de indignación: «Estos hombres tienen mucha podredumbre en la cabeza».
El hombre clavó la mirada en el número titilante que indicaba la posición del ascensor y notó sorprendido «¡Piso 4! ¿Cómo? ¿Por qué no se detuvo en el piso 2?» desvió la mirada hacia el panel y vio que el número 2 no estaba encendido. Había olvidado presionarlo.
«No, no tiene caso que vaya al segundo piso en estas condiciones» pensaba mientras sentía como algo se le escapaba del cuerpo «simplemente iré al piso más inmediato, si, al quinto». Presionó el botón, esta vez se aseguró de ello. Luego vio como el número 5 se encendía.
Se abrieron las puertas del ascensor, un hombre con un maletín entró seguido de un anciano tan encorvado que hubiese sido difícil notar su presencia sino fuera por el fétido aroma que despedía.
«Quítense» pensaba el hombre del periódico mientras se esforzaba por esquivar a las dos personas que habían entrado al ascensor. «Emergencia, código cafe ¡Déjenme salir!». Forcejeó un poco pero logró abrirse paso, rápidamente localizó los baños.
«Si que tiene prisa ese tipo» pensó el hombre del maletín mientras veía como el otro salía corriendo y le perdía la pista debido a las puertas del ascensor.
—Disculpé —balbuceó el anciano— sería tan amable de presionar el botón con el número 10.
—Claro. —Le contestó el hombre del maletín mientras presionaba los botones 10 y 2.
«Pero que peste» pensaba la mujer mientras se arrinconaba inútilmente en una esquina del ascensor. «El tipo del periódico dejó su aroma, luego entra este viejo apestoso».
En eso se escuchó algo más grave que un ligero chirrido y el anciano exclamó.
—Perdonen, a mi edad es difícil controlar los intestinos —sonrió en tono de disculpa y luego se acercó con un par de pasitos a la puerta del ascensor.
El ascensor llegó al piso 2, el hombre del maletín bajó pensando.
«No podrá controlar sus intestinos, pero eso no es pretexto para sacar un aire a cada piso».
Una joven mujer se acercó al ascensor justo antes de se cerrara, sintió el aroma y dio media vuelta. «Mejor uso las escaleras».
Después de llegar al piso 10, y 8 diferentes aromas el anciano, por fin se bajó. Las puertas del ascensor se cerraron y la mujer al quedarse sola exclamó.
—Subir hasta el piso 15 usando las escaleras me hubiese quitado estas manos regordetas.