Se detuvo en seco, al menos, la obligaron a detenerse en seco. El hombre despedía un desagradable olor, era mucho más bajo que Elina, el cabello lleno de mechones y la ropa harapienta. Alargó la mano y Elina solo pudo exclamar.
—No, disculpe, tengo que seguir. —Hizo una maniobra para separarse de ese hombre que se postraba ante ella, pero el hombre no permitió que se fuera.
Desesperadamente Elina pensó «Tal vez sea necesario que eche a correr, puedo dar media vuelta aquí y luego seguir mi camino tomando alguna de las calles de esta colonia». Fue tarde cuando se percató que ese hombre la había agarrado por un brazo y la estaba halando. La trataba de llevar a algún lugar. Sudando frío. Elina echó a correr su plan.
Al poco perdió al hombre. Se veía que no podía correr muy rápido. Echó una mirada a su alrededor, analizando las calles, nunca había estado en esa aparte de la ciudad. Empezó a caminar, el corazón todavía le latía rápido.
Llegó a la tintorería, «al fin» pensó, se acercó al mostrador y enseñó su recibo como siempre. El hombre se metió entre las danzantes ropas del fondo y volvió con las manos vacías.
—Lo siento, falta poco para que su vestido esté listo, si desea esperar unos minutos más.
—No hay problema, solo echaré un vistazo en las tiendas de por aquí.
Afuera de la tintorería notó que había un par de pequeñas tiendas de juguetes, también vendían refrescos. «No me vendría mal una bebida bien fría» se dijo a si misma mientras enfilaba hacia la tienda.
El pequeño envase de cristal goteaba mientras Elina lo empinaba para hacer suyas las últimas gotas de vital líquido. Lo tiró al cesto y volvió a la tintorería, antes de entrar notó que una de las tiendas de la esquina era una paletería. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—¿Ya está listo el vestido?.
—Discúlpeme, solo unos minutos más —le contestó apenado el dueño de la tintorería.
«En ese caso daré otra vuelta por la calle» pensó. Elina disfrutaba mucho caminar.
Se alejó más y más de la tintorería. Llegó a una esquina y entonces sintió algo en la pierna. Se giró y vio al hombre harapiento en el suelo lamiendo sus piernas. Elina dio un pequeño salto e instintivamente soltó una patada. Pero el hombre logró esquivarla a tiempo, se paró e intentó tomarla una vez más de los brazos. Esta vez tenía una cuerda llena de manchas. Elina tenía que escapar, sabía que algo terrible le iba a suceder si no luchaba con todas sus fuerzas para deshacerse de ese hombre.
Cuando empezó la huida hacia el otro extremo de la calle notó que ya tenía atada una pierna y el hombre estaba halando de la cuerda, el pequeño arranque de Elina provocó que esta cayera al suelo, donde el hombre se abalanzó sobre ella. Forcejeo hasta quitárselo de encima. Ahora tenía ese fétido olor en todo su cuerpo. Cruzó la calle corriendo, ni siquiera se había fijado en los automóviles. Cuando llegó al otro lado, volteó el cuello hacia atrás y vio como el hombre yacía tirado en el pavimento. Un automóvil se hallaba parado cerca del lugar, el conductor se bajó rápidamente y echó un vistazo a la abolladura recién formada.
Elina no pudo seguir más en el lugar. Simplemente se echó a correr.
—El vestido es feo, el vestido es feo —se repetía a si misma mientras corría.