La vendedora de paquetes de entretenimiento

Cuchareaba con pereza su plato lleno de leche y pequeños trozos de plátano flotando. Mario Sasares se sentía muy orgulloso siempre que comía ese platillo, y lo hacía seguido, era el único logro que tenía dentro de la cocina. Vivía en una habitación bastante pequeña, una silla de madera, una mesa llena de manchas de comida y un colchón en el suelo donde dormía todas las noches era todo lo que había en el lugar.
 Escuchó un par de golpes a la puerta. Se paró y desplazó tan lentamente que su flojera bañaba de un tono oscuro todo el lugar. Sin soltar su plato de leche y plátano, abrió la puerta.
 —¿Desea suscribirse al nuevo servicio de WAL? Puede tener toda clase de entretenimiento en su hogar. Por una módica tarifa mensual —dijo la mujer con voz automática y de baja estatura mientras sujetaba un folleto con la mano derecha, un par de carpetas con la izquierda, y un bolso bastante grande al hombro— puede tener servicios como canales de televisión satelital, teléfono, internet, música y películas directamente en su domicilio.
 —No…
 —No se preocupe, nosotros proveemos —interrumpió la mujer a Mario— de todos los aparatos necesarios para disfrutar de estos servicios. Todo esto incluido en la módica tarifa mensual de WAL.
 —En serio, ahora no… —intentó de nuevo Mario mientras cerraba la puerta lentamente.
 —No encontrará una oferta mejor en el mercado. WAL es la única compañía que ofrece todo el entretenimiento, aparatos incluidos, a sus clientes. No importa que no tenga TV o computadora, nosotros le damos uno. Y si ya tiene uno, nosotros le damos otro mejor. Si se le descomponen, solo llámenos y nosotros le haremos llegar una nueva TV, computadora, toca discos o cualquier equipo necesario para disfrutar de todos los servicios de entretenimiento que ofrece WAL.
 Mario algo harto de tanta jerigonza, abrió la puerta lo más que pudo y exclamó.
 —Mire, señorita, no quiero contratar nada de nadie. No me importa que me regalen aparatos que no necesito. No quiero nada que venga de WAL.
 —¿Por qué? ¿Acaso no quiere divertirse? —continuó la mujer sin siquiera pestañear. Le ofreció el folleto a Mario, pero este siquiera le prestó atención a la mano extendida de la mujer.
 —Dígame, señorita, ¿Usted juega algún deporte?
 —No —contestó con voz automática— pero todo los deportes y partidos están incluidos en la tarifa de WAL.
 —¿Que sentiría si yo fuera a su casa a insistirle en que comprara una raqueta de tenis? —continuó Mario mientras sujetaba su plato con leche y plátano con una mano.
 —Pues no querría comprarla.
 —Exacto. Y una vez que me dijera que no querría comprar lo que yo, hipotéticamente, le vendo sería coherente que me retirara. Pero, si no me retirara e insistiera una y otra vez con que me comprara la mentada raqueta ¿Cómo se sentiría usted?
 —Invadida, harta de usted… supongo —replicó la mujer mientras bajaba los brazos y dejaba ese tono de voz automático.
 —Precisamente. Así es como me siento yo.
 Hubo un corto silencio en el aire y luego Mario continuó.
 —Y ahora, señorita, haré lo que usted haría si un hombre de mi aspecto llegara a su casa e insistiera incansablemente que comprara una raqueta. ¿Sabe usted lo que haría? Yo le diré lo que haría: Iría por uno de esos espray pimienta para ahuyentar a un viejo horrendo como yo. O cerraría la puerta en mis narices sin siquiera preocuparse por los modales. Para emular algo como eso, yo haré esto.
 Mario tomó su plato de leche con plátano con ambas manos y derramó su contenido sobre la mujer. Acto seguido, cerró la puerta bruscamente y exclamó desde el otro lado.
 —Por favor, siéntase mal porque le cerré la puerta en la cara. De lo contrario azotarla solo sería malo para mi pobre y frágil puerta.