Rafael estaba en la orilla de un precipicio, se asomó un poco, el miedo recorrió todo su cuerpo. Un viento fuerte hizo balancearlo y se sintió desesperado cuando vio que no había nada a que asirse. Cayó. Sentía el viento correr por todo su cuerpo y las ansias lo bañaban por completo.
Abrió los ojos repentinamente y notó su respiración acelerada. Se sentó en una orilla y dio un vistazo rápido alrededor.
«Es mi habitación. Solo mi habitación» pensó mientras buscaba un reloj con la mirada. Luego recordó que no tenía ningún reloj cerca, hace poco se descompuso y tenía escrito 'Comprar un reloj nuevo' en una pequeña nota en la nevera. Se paró y vio por la ventana de su habitación la fría y oscura calle. Había dos farolas titilando, ya llevaban así bastante tiempo. Bostezó, grande y enérgicamente, rechinó los dientes. Iba derecho a su cama cuando escuchó un sonido afuera. Se asomó cubriéndose con la cortina de la ventana para evitar que alguien lo viera. Había un hombre allá afuera. En la acera de enfrente había un hombre con un pasamontañas y una soga en la mano.
El hombre del pasamontañas echó un vistazo a la colonia, caminó hacia la casa más próxima y estudio el lugar. En eso, otro hombre con un bate de acero se acercaba de un lado de la calle.
Rafael miraba la escena y pensó en llamar a la policía pero necesitaba ver más, necesitaba poder decirle algo útil al que respondiera la llamada.
El hombre del bate divisó al de la soga y rápidamente corrió hacia el. Le dio un golpe seco en la cabeza y cayó desmayado. Ahora un solo hombre tenía el bate y la soga. Se acercó a la misma casa y echó un trozó de la soga al techo. Esta cayó al suelo. Ató el bate en un extremo de la soga y nuevamente lanzó el conjunto hacia el techo. Ahora el bate se había atorado con algo en el lugar y el hombre comenzó a trepar. A media altura encontró una ventana, sacó algo de su bolsillo, parecía cinta adhesiva y empezó a cubrir el cristal de la ventana con ella. Fueron casi 20 minutos que Rafael estuvo ahí en la ventana viendo la escena.
El hombre trepado estaba a punto de darle un buen codazo al cristal cuando sintió que alguien haló de la cuerda. Aquel que había caído inconsciente había despertado y estaba intentando recuperar su cuerda y arruinarle la fechoría a su atacante.
Rafael volvió en si, dejó la ventana de lado y se acercó al teléfono en su habitación. Lo cogió y empezó a teclear un número, pero el aparato se comienzo a derretir. Rafael se alteró.
Abrió los ojos. Notó su palpitar acelerado y su respiración irregular. Buscó un reloj en la habitación y recordó, nuevamente, que no tenía uno. Se sentó en la orilla de su cama y vio hacia la ventana. Era de día. Un día claro y luminoso.
«Tengo que comprar un reloj» pensó Rafael.